dimarts, 17 d’abril del 2012

Como una historia de amor


Uriah contemplaba el pequeño valle flanqueado de suaves colinas. Al fondo, desparramadas como un crumble de piña y manzana, las encantadoras casitas de Waterbridge se adormecían bajo la dorada luz de un primaveral crepúsculo  de película. El río Shere serpenteaba como una espada encendida por entre las calles hasta apagarse en las afueras y casi desaparecer en Chalkwood. Tanta belleza le emocionó y tuvo que enjugarse una lágrima juguetona, sorprendido por ese momento de romántica sensiblería. Carraspeó como para recordarse a sí mismo quién era, se ajustó el peluquín y lanzó una mirada justiciera a su viejo reloj Hamilton. Maggie se retrasaba. “Maggie Coperstake, qué mujer”, susurró para sí Uriah. Y no pudo evitar un intenso estremecimiento en todo su cuerpo (en especial en su bajo vientre) al evocar a su amada desnuda y sudorosa berreando de placer en sus  momentos más explosivos de pasión salvaje. “Y cuanto más salvaje, mejor”, escupió el bueno de Uriah mientras se frotaba las manos. Comenzaba a refrescar y Maggie continuaba sin dar señales de vida.
Para hacer tiempo se metió en su coche y decidió dejar volar la imaginación repasando varios temas que tenía entre manos. A saber:
Punto 1- Su peluquín, “la rata”, como él mismo lo llamaba, necesitaba un relevo o sustitución con carácter de urgencia y sin mediar protocolos. El caso no admitía dilación ni recurso alguno. Se imponía una visita a Gordon & Sons de Londres, reconocidos fabricantes de espectaculares “ratas” hechas con cabello natural y/o sintético. Tenía intención de adquirir un par de peluquines. Uno caro, de cabello natural, para los momentos especiales. Otro más sencillo, de batalla, para el trabajo. Ya había consultado la web y había escogido los modelos. Sólo tenía que decidir la fecha para escaparse a Londres con Maggie.
Punto 2- Walter Hudson había dejado todo en sus manos. Con el viejo chatarrero había compartido más de una botella y muchas horas de charla y silencio. Hudson le llamaba de tanto en tanto y quedaban discretamente en casa del abogado, donde acudía siempre acompañado de su inseparable Blacky. Hudson era propenso a la depresión y no tenía familia ni amigos. Él era lo más parecido a todo eso que aquel pobre hombre, feo, sucio y barrigudo, había tenido en los últimos años de su vida. Aún recordaba el día en que Walter le puso un enorme sobre en las manos y le hizo prometer que no lo abriría hasta el día de su muerte. El sobre durmió varios años en la caja fuerte de su despacho. Cuando lo abrió no lo podía creer. Aquello le sobrepasaba, así que decidió pedir ayuda a un viejo conocido. Ralph Cunningham estaba acostumbrado a tratar con embrollos semejantes y lo haría muy bien. Por la minuta no se preocupaba. El viejo Hudson se lo merecía y lo había dejado todo muy bien dispuesto. Sintió pena por él  y recordó con cariño algunas tardes que pasaron juntos jugando a las cartas o escuchando viejos éxitos de los años 60.
Punto 3- Tenía que pasar a saludar a Prudence, esposa de Colin Graham. Prudence se había quedado al cuidado de Blacky y, además, tenía sobre la mesa de la cocina una demanda que habían interpuesto varios vecinos de su misma calle. Prudence se pasaba de buena y dejaba comida para los gatitos del vecindario. Adoraba los gatos y todo le parecía poco para ellos. Pero tanto amor por los felinos no era compartido por unos vecinos que ya estaban hartos de encontrar platitos de leche y/o sobras de comida en el césped impoluto de sus jardines. Le habían llamado la atención con mucha formalidad y muy educadamente en diversas ocasiones, pero Prudence hacía oídos sordos. Ahora tendría que telefonear a Miss Underwood para quedar con ella y convencerla, a ella y a los 16 restantes demandantes, de que retirasen la querella. Aunque antes debería convencer a Prudence de que dejase de comportarse como una imbécil integral en el jodido asunto de los putos gatos. No se lo diría así pero algo debería decirle. En fin, ya se le ocurriría alguna cosa, aunque tal vez con Colin, el marido…

 En ese preciso instante Uriah escuchó unos golpecitos en la ventanilla del coche y dio un respingo que le dejó el peluquín graciosamente ladeado. La sonriente cara de Maggie al otro lado del vidrio le sugería… En fin, ya me entiendes lo que le sugería. Se había pintado sus gordezuelos labios con aquel carmín rojo que tanto le gustaba, lo que le produjo un estremecimiento similar al de unas líneas más arriba. El abogado bajó la ventanilla y Maggie lo besó de manera atolondrada e impaciente. Se notó nervioso, sudoroso, excitado, pero se impuso el muy británico autocontrol propio de su profesión.

Con estudiada parsimonia abrió la puerta del coche, rodeó el vehículo, abrió el maletero, cogió unas mantas y con gesto entre galante y esperpéntico, más propio del music-hall que de un amante solícito, invitó a su enamorada a pasar al asiento trasero. El sol se escondía en una plenitud roja tras el horizonte.
Y en este punto debemos dejarlo para preservar la intimidad de nuestros vecinos, aunque podemos decir que Maggie Coperstake reventó ese día la tapicería de los asientos traseros con sus tacones y el pobre Uriah lucía al día siguiente unos preciosos arañazos y unos buenos cardenales en su peluda espalda. Cosas de la pasión.
Creo que me prepararé un té. Dentro de unos días os hablaré de Bill y Michael.


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