divendres, 24 de maig de 2013

Hoy es domingo



Los perros ladraban al amanecer. Deambulaban perdidos por las calles desiertas olisqueando los rincones de la noche. Ecos borrosos de pasos apresurados. Las primeras voces sonaban fantasmagóricas en ese ámbito desnudo entre la vigilia y el sueño. Pronto se escuchaba el estruendo metálico de la puerta de la panadería. Algunas mujeres ya se afanaban en comprar el pan del día a pesar de lo temprano de la hora. Llegaban deshilachados jirones de palabras, algunas risillas forzadas, cierta camaradería solidaria entre madrugadores. Luego eran los cascos de los caballos que tiraban del depósito de la basura y el arrastrar desganado de los escobones en manos de funcionarios somnolientos.
La panadería hace horas que tiene el horno en marcha. El runrún acompaña todas las mañanas y sólo se ve ahogado por los golpes de la cuchilla al tajar las barras de pan. Entonces se levanta mi padre. Apenas hace ruido, pero yo sé que es él. Reconozco sus pasos. Lo presiento en la cocina, mientras se prepara el café con leche. Luego, en el baño, donde se frota enérgicamente la cara con agua fría antes de afeitarse. Ahora apenas se oye nada. Mi padre se está peinando y lo hace como siempre con esmero, sin prisas. Recoge sus cosas y el corazón se me encoge. Sus pasos muelles avanzan por el pasillo. Un tintinear de llaves, la puerta de la calle se abre y entra un tenue resplandor azul. El golpe seco de la madera trae el silencio. Se ha restablecido el orden en la casa. Así cada día.
Un chirriar de varillas metálicas me indica que Paquito está abriendo la churrería. Al imaginar la bandeja de churros azucarados se me llena la boca de saliva. Los churros, como los buñuelos de viento y las rosquillas de anís, saben y huelen a domingo. Como la banda de música, y el mercadillo, y el baño en el patio bajo la caricia del sol, y las chicas oliendo a limpio y a colonia de lavanda, y mi padre recortándose el bigote con la tijera ante el espejo. Por un momento llego a creer que es domingo y me abandono. Desde la calle llegan los rumores de lo diario, de lo cotidiano, y yo me dejo invadir por una pereza blanda, por una tibieza que me arrastra hacia lo hondo y a la que no me resisto. Hoy es domingo.
Y en ese momento mamá enciende la luz de nuestro dormitorio. Tengo siete años y hoy es miércoles. Mi hermano duerme aún, feliz, abrazado al muñequito de goma de Cantinflas. Mientras me desperezo todavía resuena en mis oídos la musiquilla lejana y juguetona de un tiovivo.


dimecres, 8 de maig de 2013

Catherine

    
Me veo mirando a través de una ventana que da al jardín. La mañana es fría, plomiza, neblinosa. Tía Holly anda inquieta desde hace rato. Tardan demasiado..., a ver si les ha pasado algo..., ya deberían estar aquí. Por fin, el runrún se acerca cauteloso, con los faros encendidos. El Austin negro avanza despacio y aminora la marcha hasta detenerse ante la verja. Una señora muy guapa y muy elegante y un señor calvo con bigote aparecen ante mis ojos. Mis tías y mi madre salen al jardín y besan y abrazan a los recién llegados. Ahora entran todos en la casa y la señora me mira sonriente, se agacha y me coge entre sus brazos. Huele como huelen las hadas y su abrigo negro es cálido y muy suave. Mamá me dice que la señora rubia, porque es muy rubia, se llama Catherine. Recuerdo que me besaba y me decía cosas en gaélico que me hacían reir.
Durante mucho tiempo, cuando en casa se hablaba de Catherine yo la evocaba como la había visto aquella mañana de invierno, alta, rubia, muy guapa, bien vestida, sin que el paso del tiempo alterase aquella imagen ideal. Aún hoy, al recordarla, se me hace presente con su aire de actriz de cine, eternamente joven y bella, inmortalizada ya para siempre en la película de mi memoria. Catherine avanzando sonriente hacia la casa, mientras el vaho de su aliento se disipaba en el aire. Catherine pisando la grava del jardín con sus zapatos de charol y tacón de aguja. Catherine regañando a aquel señor que la acompañaba, el simpático Mr. Collins, entre las risas de todos. Catherine iluminada por todas las luces del comedor mientras abría unos paquetes con regalos. Catherine quitándose los guantes de piel para arreglarse el flequillo rebelde. Así es como la recuerdo. Su presencia en mis años pequeños es de un constante ir y venir. Estuvo en casa varias veces.


Un día de invierno llegó sola, casi al anochecer. Tía Holly jugaba conmigo mientras sonaban las canciones en el viejo aparato de radio. Sonó el timbre de la puerta, salió a abrir la tía y apareció Catherine. Traía un bolso y una maleta pequeña. Acudió mi madre. Pasaron todos al salón pequeño, el de la caja de música. Yo seguía en el comedor, con mis lápices y mis dibujos. Al cabo de un rato salieron. Catherine tenía los ojos colorados e hinchados, de haber llorado. Mi madre decía que no te preocupes, que ya verás como todo se arregla, mientras tía Holly la abrazaba. Mi padre, aparte, observaba sin decir nada.
Catherine estuvo un par de días en casa. Una mañana de lluvia papá la acompañó a la estación. Al verlos alejarse por el camino, cogidos del brazo bajo la intimidad confidente del paraguas, pensé que parecían otras personas, dos desconocidos, dos amantes que sufrían por un amor desgraciado e imposible.
 Mis padres me dijeron que Catherine era medio familia nuestra. Durante la guerra y la primera posguerra los míos la ayudaron a ella y a su madre, que era viuda, a salir adelante. Catherine se casó con Mr. Collins, aquel señor calvo con bigote.
Y nunca más regresó a Waterbridge.



dimecres, 1 de maig de 2013

Flam de caramel i canyella 0,0


Si avui és dia 1 de maig vol dir que l'estiu arriba d'aquí a només 51 dies. Visca! Sembla que no i ja el tenim aquí a la cantonada. I tots sabem què vol dir l'arribada de l'estiu, oi? Dies més llargs, relaxats, solet i...platjeta! Aquesta mena d'anticipació de les vacances es nota a Waterbridge, sobretot, per la quantitat de persones que sobtadament et trobes fent footing pels camins de Chalkwood. Homes del poble que fan tot els possible per rebaixar les panxetes que les visites als pubs locals durant els mesos d'hivern han anat construint cervesa a cervesa i dones amb xandalls nous de trinca i sabatilles esportives que encara fan olor a goma nova que surten en grupets de tres o quatre. Sí, l'operació "biquini" també s'inicia als països amb clima més fred, com podeu veure.

Des d'Alfriston Cottage volem aportar el nostre granet de sorra a aquesta lluita contra els grams de més i per aquest motiu anirem publicant més receptes 0,0 a part del ja famós Mousse de xocolata o els pastissos de formatge i préssec que ja teniu al blog. Per començar, aquestes delicioses postres facilíssimes de preparar i amb un resultat espectacular. Dolç sense sentiment de culpa, què més es pot demanar?


Flam de Caramel i Canyella 0,0
(10 flams petits)

500ml de llet desnatada
5 Caramels de nata i toffee sense sucre
1/2 branqueta de canyella
10gr de gelatina en pols o 6 làmines de gelatina
175gr de formatge d'untar light (tipus Philadelphia)
1 cullerada d'edulcorant liquid
1 pessic de sal

1.- Posar la llet en un cassó al foc juntament amb la canyella i els 5 caramels i anar removent amb unes varilles manuals per evitar que aquests s'enganxin al fons. Un cops s'hagin desfet els caramels i la llet arrenqui el bull retirar el cassó del foc.
2.- Posar la gelatina a hidratar uns 5 minuts en aigua freda.
3.- Colar la llet amb un colador de malla fina per evitar que hi hagi restes de tel o de la branqueta de canyella.
4.- Escórrer bé la gelatina i afegir-la al cassó de la llet. Remenar bé per a que la gelatina es dissolgui completament amb la pròpia escalfor de la llet.
5.- Afegir el formatge d'untar a la mescla anterior i remenar bé amb les varilles manuales (o elèctriques) fins aconseguir que no hi quedin grumolls.
6.- Condimentar amb un pessic de sal i una cullerada d'edulcorant liquid.
7.- Repartir la mescla en diferents motlles de magdalena o similar de silicona que prèviament haurem col·locat sobre una safata per poder transportar cap a la nevera sense que se'ns vessin pel camí.
8.- Deixar sobre el marbre de la cuina fins que la mescla s'hagi refredat completament i després posar a la nevera unes 4 hores fins que quallin.

Aquest flam està deliciós per menjar sol o acompanyat per una miqueta de canyella en pols o per una cullerada ben farcida de melmelada sense sucre. Sigui com sigui és un caprici que ens podem donar totes les vegades que ens vingui de gust sense haver d'amoïnar-nos per les calories. Us animeu a provar-lo?

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